El Cine: esa cosa que se nos está muriendo entre los dedos manchados de nicotina

Hay que decirlo sin miedo: el cine ya no existe. Al menos no ese cine. El otro. El que olía a rollo quemado, a butaca mojada por el tiempo, al murmullo previo al encendido del proyector. Lo que tenemos hoy es una industria de envases. Impecables, ruidosos, espectaculares, sí. Pero vacíos. Como una caja fuerte olvidada sin combinación.

Las películas ya no se sienten. Se consumen.

Hubo un tiempo —lo juro, lo viví o me lo contaron con suficiente pasión como para creérmelo— en que las salas eran templos. Bergman y Tarkovski eran sacerdotes de lo inefable. Antonioni, un cartógrafo del silencio. Y Buñuel, el sacrílego que reía mientras el mundo ardía. En ese entonces, ir al cine no era una cita con el algoritmo, era una conversación con lo sagrado, con lo insoportable, con lo que no podías contarle a nadie más.

Hoy, en cambio, todo está digerido antes de entrar. La película ya tiene tráiler, crítica, reacción en TikTok, merchandising y un “final explicado” para quien no tolere el mínimo resquicio de ambigüedad. ¿Dónde quedó la pausa incómoda? ¿El silencio que incomoda más que cualquier monstruo generado por computadora?

Lo verdaderamente peligroso del cine contemporáneo no es su mediocridad —la mediocridad es un derecho humano— sino su pulcritud. Su orden. Su obediencia. Se acabaron las imágenes que se rebelaban contra sus creadores. Se acabó el plano secuencia que no tenía explicación, pero sí una verdad escondida bajo capas de intuición.

Lo que más duele no es la muerte del cine, sino su sustitución por un cadáver bonito, brillante, con olor a palomitas sabor cheddar y una playlist de Spotify de fondo.

Y sin embargo…

A veces, muy de vez en cuando, aparece un destello. Una película sin miedo a aburrirte. Un director que no teme que le digan “pretencioso”. Una toma que dura más de 8 segundos. Una actriz que mira a cámara como si pudiera romperla. Y entonces uno recuerda que el cine, el de verdad, ese que huele a cigarro, sudor y poesía, sigue escondido entre los escombros.

Quizá, como todo lo verdaderamente valioso, sólo puede sobrevivir si deja de querer complacer.

Y ahí estamos algunos, aún con fe, aún con resaca, aún con los ojos quemados por la luz de la pantalla, esperando la próxima bofetada que nos recuerde que ver cine, de verdad, puede ser un acto subversivo.

admin

Un partido revolucionario, si en verdad está empeñado en hacer y dirigir la revolución no puede renunciar al legítimo derecho de ser o formar parte de la vanguardia histórica que en efecto haga y dirija la revolución socialista en nuestro país, es de hipócritas decir que se lucha sin aspirar a tomar el poder y mucho más aún si se pretende desarrollar lucha diciendo que no busca ser vanguardia cuando en los hechos se actúa en esa dirección.

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