ELECCIONES BAJO LA SOMBRA DE LA GUERRA: EL RÉGIMEN MILITAR CONSOLIDA SU PODER EN MYANMAR
La jornada electoral celebrada este domingo en Myanmar confirmó lo que ya parecía inevitable: el partido respaldado por el ejército aseguró el control del gobierno en un proceso ampliamente cuestionado por la oposición y por la comunidad internacional. La votación, considerada por críticos como una maniobra para legitimar el dominio militar, se desarrolló en un contexto marcado por la represión política, la guerra civil y la exclusión de sectores clave de la oposición.
El proceso electoral constituye la fase final de un modelo político diseñado tras el golpe de Estado de 2021, que derrocó al gobierno civil encabezado por Aung San Suu Kyi. Desde entonces, el país ha vivido una escalada de violencia y una fragmentación política que ha impedido la participación plena de fuerzas opositoras y ha restringido el ejercicio de derechos democráticos básicos.
De acuerdo con reportes internacionales, el partido cercano a las fuerzas armadas obtuvo la mayoría de los escaños disponibles, en un escenario donde el resultado estaba prácticamente definido desde antes de la votación. La arquitectura institucional del país reserva una parte significativa del Parlamento al ejército, lo que garantiza su influencia directa en el poder político, independientemente del resultado electoral.
La elección estuvo marcada por múltiples irregularidades. En más de una quinta parte del territorio nacional no se pudo votar debido a los conflictos armados, mientras que numerosos partidos opositores fueron disueltos o impedidos de competir. Organismos regionales y gobiernos occidentales han cuestionado la legitimidad del proceso, señalando que no cumple con estándares mínimos de libertad y pluralismo político.
El contexto de violencia ha sido determinante. Desde el golpe militar, decenas de miles de personas han muerto en enfrentamientos entre el ejército y grupos insurgentes, mientras que millones han sido desplazados. La represión contra activistas, periodistas y líderes políticos ha debilitado cualquier posibilidad de competencia electoral real, consolidando un sistema político controlado por las fuerzas armadas.
Para el régimen, las elecciones representan una estrategia para proyectar estabilidad y legalidad institucional frente a la presión internacional. Para sus críticos, en cambio, se trata de una operación política destinada a formalizar un poder que ya se ejerce por la fuerza. La comunidad internacional se encuentra dividida: mientras algunos actores han condenado el proceso, otros han optado por una postura más pragmática, evitando un enfrentamiento directo con la junta militar.
La situación en Myanmar refleja una tendencia más amplia en el escenario global: la utilización de procesos electorales como mecanismos de legitimación autoritaria en contextos de crisis política y conflicto armado. Lejos de cerrar la fractura interna, los comicios parecen profundizar la distancia entre el régimen y amplios sectores de la sociedad, dejando abierto el interrogante sobre el futuro político del país y la posibilidad de una transición democrática real.
Un partido revolucionario, si en verdad está empeñado en hacer y dirigir la revolución no puede renunciar al legítimo derecho de ser o formar parte de la vanguardia histórica que en efecto haga y dirija la revolución socialista en nuestro país, es de hipócritas decir que se lucha sin aspirar a tomar el poder y mucho más aún si se pretende desarrollar lucha diciendo que no busca ser vanguardia cuando en los hechos se actúa en esa dirección.
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