México campeón de la Copa Oro: el rey de los mediocres

México ganó la Copa Oro otra vez. Sí, otra más para la vitrina. Otra medalla, otro himno, otra vuelta olímpica para hacerle creer al aficionado que todo va bien. Pero no nos hagamos pendejos: ser campeón de la Concacaf es como ganar un torneo entre cascaritas de oficina. Puedes tener tu trofeo, pero sigue oliendo a sudor barato y a fotocopia mal hecha.

La Copa Oro no es una medida real de grandeza. Es un torneo diseñado para que México o Estados Unidos ganen. Y si no lo hacen, es porque hicieron todo mal. No hay competencia real, no hay exigencia, no hay gloria. Solo un calendario inflado, partidos sin alma y una federación feliz porque vendió boletos y camisetas. Eso es todo.

Y mientras nos venden esta victoria como si hubiéramos ganado la Euro o el Mundial, el futbol mexicano sigue igual de podrido: directivos ineptos, jugadores inflados, técnicos reciclados y una liga que solo premia la mediocridad. Una liga donde da igual si juegas bien o mal, mientras vendas abonos y pongas tu estadio bonito en Instagram.

Pero si hay algo que simboliza mejor que nadie toda esta pantomima, es el puto Club América.

Sí, el América. Ese equipo inflado hasta la náusea por Televisa, protegido por los árbitros, defendido por los comentaristas lamebotas y seguido por una afición que confunde arrogancia con grandeza. Un club que presume títulos como si fueran conquistas épicas, cuando muchos llegaron con polémicas, ayudas o a puro billetazo. Y aún así, les siguen diciendo “el más grande”. Grande, mis huevos.

Así que sí: México ganó la Copa Oro. Qué chingón.

Pero mientras sigamos celebrando trofeos de papel como si fueran gestas heroicas, mientras sigamos permitiendo que el América dicte las reglas del juego, y mientras nos sigamos tragando el cuento de que aquí todo está bien, el futbol mexicano seguirá siendo lo que es:

Un chiste. Un negocio. Y un pinche circo.

Y al América, de paso, que se vaya a chingar a su madre.

admin

Un partido revolucionario, si en verdad está empeñado en hacer y dirigir la revolución no puede renunciar al legítimo derecho de ser o formar parte de la vanguardia histórica que en efecto haga y dirija la revolución socialista en nuestro país, es de hipócritas decir que se lucha sin aspirar a tomar el poder y mucho más aún si se pretende desarrollar lucha diciendo que no busca ser vanguardia cuando en los hechos se actúa en esa dirección.

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