Eduardo Cota y el canto coral como espacio de comunidad
Morelia, Michoacán.- Hay trayectorias que no comienzan en un aula, sino en la sala de una casa, en una fiesta familiar o en una reunión cualquiera donde alguien saca un instrumento y, casi sin darse cuenta, empieza a sembrar algo. Así lo cuenta Eduardo Cota Magallanes, quien reconoce que su historia con la música nació desde lo cotidiano, en ese aprendizaje empírico que comparten muchos músicos en México.
“Se va contagiando el gusto”, dice, como si bastara esa frase para explicar años de formación, viajes y decisiones. Pero detrás de esa naturalidad hay un camino que lo llevó a estudiar en el Conservatorio de las Rosas, y después a seguir formándose dentro y fuera del país, pasando por distintas instituciones y talleres en Europa, hasta llegar a una experiencia en Austria, forma parte de ese recorrido que termina por definir una vocación.
Hoy, de vuelta en Morelia tras cerca de 15 años fuera, su mirada se posa en una ciudad que, asegura, sigue latiendo al ritmo de la música. No es solo una percepción personal: la capital michoacana mantiene una tradición sólida, alimentada por festivales, escuelas y una comunidad que encuentra en el canto una forma de expresión accesible y compartida.
Desde su experiencia, el canto coral en la ciudad no solo existe, sino que se mueve. Hay ensambles activos, espacios de formación y, sobre todo, personas con ganas de cantar. En ese ecosistema, el papel del director coral no es únicamente técnico, sino también social: construir, convocar, sostener.
Eduardo comenzó a dirigir coros alrededor de 2005 o 2006, pero su primer acercamiento no fue con una agrupación formal, sino dentro de un aula. Trabajaba con estudiantes en ejercicios de entrenamiento auditivo cuando decidió ir más allá y experimentar con ellos, formar pequeñas agrupaciones y poner en práctica ideas que, con el tiempo, se convertirían en su línea de trabajo. Ahí, entre pruebas y ensayo-error, empezó a tomar forma su faceta como director.
Con los años, su trabajo se ha diversificado. Ha dirigido distintos tipos de coros, desde agrupaciones grandes hasta formatos de cámara, más reducidos e íntimos. También ha transitado por distintos repertorios, desde lo sacro hasta lo popular, adaptándose a los objetivos y características de cada grupo.
Actualmente, participa en un proyecto diocesano junto al padre Lorenzo Orozco, enfocado en la creación de un coro con vocación de servicio comunitario, una tarea que, reconoce, implica retos tanto organizativos como musicales. Al mismo tiempo, dirige un coro femenino en el Centro Cultural UNAM de Morelia, surgido a partir de las condiciones reales del entorno, el horario, el interés y la respuesta de quienes deciden integrarse.
Porque si algo tiene claro es que los coros no se construyen en abstracto, sino desde las personas. En México, explica, la mayoría de los coros son amateurs, grupos de gente que, más allá de una formación profesional, se reúne por gusto. Algunos llegan a talleres, otros se organizan por su cuenta, y en muchos casos es el propio director quien lanza la invitación, convoca y arma el proyecto desde cero.
En ese sentido, no hay una sola forma de hacer coro. Existen coros femeninos, masculinos, mixtos, infantiles o de adultos mayores, y cada uno responde a contextos distintos. El punto de partida puede variar, pero el objetivo suele ser el mismo: construir algo en conjunto.
Y es ahí donde, para Eduardo, el canto coral encuentra su verdadero valor. Más allá de la técnica o el repertorio, se trata de un ejercicio de colaboración. “Es trabajo en equipo”, resume. Cada voz importa, pero ninguna funciona de manera aislada. Escuchar al otro, coordinarse y avanzar hacia un objetivo común se vuelve indispensable.
En ese proceso también ocurre algo más, se generan vínculos. En un coro pueden coincidir personas de distintas profesiones y contextos, que encuentran en la música un espacio compartido. La convivencia, el ensayo constante y la meta de presentarse ante un público terminan por fortalecer relaciones que van más allá de lo musical.
Para quienes dudan en integrarse, porque creen que no tienen voz o experiencia, el mensaje es directo, siempre hay un lugar. Existen coros para todos los niveles, desde quienes empiezan desde cero hasta quienes ya tienen un recorrido previo. Lo importante, insiste, es tener disposición.
Cantar en coro, dice, no solo desarrolla habilidades vocales y auditivas, sino también sociales. Es una práctica que articula lo artístico con lo humano, lo individual con lo colectivo.
En una ciudad como Morelia, donde la música forma parte de su identidad, el canto coral se mantiene como una de sus expresiones más vivas. Y en medio de ese entramado, directores como Eduardo Cota siguen apostando por algo que va más allá de afinar voces: construir comunidad.
Un partido revolucionario, si en verdad está empeñado en hacer y dirigir la revolución no puede renunciar al legítimo derecho de ser o formar parte de la vanguardia histórica que en efecto haga y dirija la revolución socialista en nuestro país, es de hipócritas decir que se lucha sin aspirar a tomar el poder y mucho más aún si se pretende desarrollar lucha diciendo que no busca ser vanguardia cuando en los hechos se actúa en esa dirección.
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